martes, 20 de noviembre de 2012

Causabilidad

El despertador tronó a las cinco de la mañana porque el día anterior lo había dispuesto así. Lo hizo porque había recibido una llamada citándole para una entrevista de trabajo al día siguiente. Llamada que era el fruto de haber mandado su currículo a una oferta de empleo que encontró en una página de Internet. Bajo otras circunstancias podría haberse levantado más tarde, pero dos días atrás se le había averiado el coche al no pisar correctamente el embrague durante un cambio de marchas, así que debía hacer el trayecto en transporte público y desconocía el tiempo que esto le llevaría. La caja de cambios se había estropeado porque forzó la palanca sin pisar el embrague hasta el fondo, pues su condición de zurdo había provocado que tuviera el pie izquierdo resentido por haber dado una patada a una lata que, pese a estar tirada frente a su casa en la acera de la calle, no estaba vacía.

Aun cuando lo hubiera prometido, el mecánico no le había devuelto el coche a tiempo porque no había conseguido terminar todo el trabajo que tenía previsto para esa semana. Y no lo había hecho porque llevaba durmiendo mal algo menos de un mes. Daba vueltas en la cama, le habían salido brotes de dermatitis y discutía con su mujer acerca de la responsabilidad de cada uno sobre el hecho de que su hijo hubiera suspendido cinco asignaturas. Discutir lo alteraba, así que después de estas conversaciones no conseguía conciliar el sueño. Sin embargo, desconocía que su hijo suspendía porque no le gustaba lo que estudiaba. Hacía tres años que había elegido aquellas asignaturas que su padre le sugirió únicamente porque sabía que a su padre no le gustaba discutir y no pretendía disgustarlo. Era un buen chico aunque algo confuso. El caso es que, al no contar con el coche a tiempo, la tarde anterior a la entrevista había tenido una amarga discusión con el mecánico durante la cual le hizo saber lo importante que era para él haber tenido el coche ese día y lo mucho que le afectaba su irresponsabilidad.

Continuaba dándole vueltas a aquellas ideas cuando se apeó del autobús. El lugar donde se encontraba la parada era el comienzo de una calle infinita con inmensas naves industriales plantadas a los lados. Dio la casualidad de que era la primera vez que el conductor hacía aquella ruta, así que no pudo darle ninguna de las indicaciones que le pidió. Era pronto, por lo que no había nadie caminando por las aceras. Los únicos habitantes de aquel lugar parecían ser inmensos camiones de seis ejes que pasaban a su lado desprendiendo ruido y calor. Se detuvo tratando de recordar el nombre de la calle que le había dicho aquel tipo por teléfono. Cuando colgó había apuntado la dirección en un borrador de mensajes en el móvil, pero había dejado el teléfono en casa porque esa misma madrugada se le había quedado completamente sin batería. Lo había llamado una amiga a las cuatro de la mañana para contarle que su gato había muerto. Lo había llamado a él porque sabía que era la única persona que podía entenderla. Habían mantenido una relación dos años atrás en la que compartieron muchas confidencias al coincidir con un periodo duro de la vida de ella. A los dos meses de comenzar la relación, los padres de aquella chica habían muerto en un accidente de tráfico. Desde aquel instante, se había volcado en él completamente y él se había acostumbrado a escucharla en todo momento. Aquella madrugada afirmó una costumbre que nunca se había perdido: ella sentía necesidad de hablar con alguien que comprendiera la importancia de que su gato hubiera muerto, así que él la escuchó hasta que su móvil también murió porque sabía que ella lo había pasado mal con la muerte de sus padres. Así que esa mañana había tenido que marcharse sin teléfono móvil y sin la posibilidad de comprobar una última vez la dirección que le facilitaron. Y ahora se encontraba en medio de una calle sin principio ni fin, incapaz de recordar la dirección porque no hacía más que acordarse de ella y de su gato y de lo mucho que le habría afectado aquello debido a su carácter sensible a esas cosas desde la muerte de sus padres. Además, él había tenido una gata, por lo que era consciente de lo que suponen ese tipo de cosas.

Decidió caminar en línea recta, calle arriba, porque no podría haberlo hecho de otra forma. Buscar de manera aleatoria por las callejuelas que salían de uno y otro lado hubiera sido tan ridículo como absurdo. Resultaba imposible calcular las probabilidades de acertar por casualidad con la que calle que estaba buscando. Decidió que caminaría por la avenida principal, en línea recta, hasta encontrarse con alguien a quien pudiera preguntar, aunque tampoco tuviera muy claro qué podría haber preguntado de haberse encontrado con alguien. Pero esto último no importaba. Al fin y al cabo la decisión estaba más allá de toda lógica: caminar en línea recta era lo que hacía cuando se perdía desde que tenía nueve años. Dando un paseo con sus padres se había soltado de la mano de su madre porque en aquel preciso instante el dueño de una tienda de juguetes colocaba en el escaparate un oso panda de peluche del tamaño de una persona adulta. Se acercaba la navidad y aquel hombre, dueño de una pequeña pero luminosa tienda, siempre había sentido preferencia por los osos panda desde que sus padres le regalaron uno de peluche el día que le sacaron una muela porque le estaba saliendo otra exactamente en el mismo sitio. Cuestión de genética, pues a su abuelo le había pasado exactamente lo mismo y como por aquellos tiempos no se estilaba tanto ir al dentista, estuvo toda la vida con dolores en el lado izquierdo de la boca. Cuando giró la cabeza para comentar el tamaño del oso con sus padres, en lugar de con sus padres se encontró con un agitado mar de piernas. Así que dio media vuelta en línea recta y caminó tratando de no llorar hasta que un policía lo encontró y lo llevó a comisaría, donde sus padres lo recogieron. El policía le recriminó su falta de responsabilidad y lo mucho que habría disgustado a sus padres debido a lo importante que un hijo es para ellos. De camino a casa, para aliviarle el llanto y como adelanto de lo que iba a ser su regalo de navidad de todas formas, al pasar frente a una tienda de animales, sus padres le regalaron una gata color canela con rayas en el lomo. Así que, siempre que se perdía, caminaba en línea recta hasta que encontraba algo que le sirviera de referencia debido a la muela torcida de aquel señor que murió antes de que él naciera.

Pese a que tanto él como el tiempo avanzaban, las aceras continuaban desiertas. Sus únicos acompañantes eran aquellos gigantescos camiones de seis ejes que pasaban por su izquierda haciendo retumbar el pavimento. Al tropezar con un bache, de la caja de uno de aquellos camiones salieron disparadas varias plumas blancas, probablemente de gallina. Imaginarse aquellas aves, apiñadas en jaulas unas encima de otras, le hizo sentir nauseas. Eran cosas como esa las que le reforzaban en su vegetarianismo. Decidió dejar de comer carne a los doce años. Soñó que se comía a la gata que le regalaron sus padres mientras ésta le pedía explicaciones al respecto. Como en el sueño no encontró ninguna razón que darle al animal, una vez despierto tampoco la encontró para continuar comiendo carne, así que, en cuanto sus padres se lo permitieron, abandonó el hábito de consumir de carne. Aquello hizo que comenzara a soñar con fundar una granja ecológica donde a los animales se los tratara con delicadeza y respeto. Principalmente tendría vacas y gallinas que, junto a lo que plantara en el huerto, le aportarían lo básico para vivir. Sin embargo, aquel proyecto se quedó en conseguir que a los dieciséis años sus padres le dejaran cruzar a la gata. Después, como no podía hacerse cargo de ellos, los cachorros fueron regalados a diferentes personas. Y algunas de aquellas mascotas fueron también cruzadas. Una de ellas, una gata también de color canela pero sin rayas en el lomo, tuvo una camada de tres machos y dos hembras. De estos, el macho de la mancha negra en la punta de la nariz fue adoptado por una chica cuyos padres morirían en un accidente de tráfico probablemente debido a un fallo en los frenos del coche. Ella nunca hubiera tenido gato, pero aquella mancha en la nariz le despertó algún tipo de ternura. Él había pasado incontables tardes lluviosas acariciando a aquel gato.

El camión se detuvo unos metros más adelante, frente a la puerta de una nave industrial de paredes grises y puerta metálica. Posiblemente, hubiera sido la oportunidad idónea para preguntar al conductor por la dirección que andaba buscando. Sin embargo, no hubiera servido de nada porque seguía sin poder recordar la dirección porque el gato de su novia se había muerto. Además, comenzó a sentir nauseas ante la idea de cruzarse con el individuo que conducía aquel camión: alguien al que no le importaba el trato que se le diera a los animales siempre y cuando pudiera intercambiarlos por dinero. Pero si continuaba caminando por aquella acera no tardaría en pasar junto a la cabina del vehículo. Además, tampoco podía soportar la idea de pasar junto a aquellas jaulas y asistir al horrible espectáculo que seguramente encontraría. Le asaltó la imagen de sí mismo devorando a su gata mientras ella le pedía explicaciones con una enigmática sonrisa bajo los bigotes. Miró hacia ambos lados y comenzó a cruzar la carretera adelantando con cuidado el pie izquierdo porque todavía lo tenía resentido desde que había dado aquella patada a la lata de la calle que resultó no estar vacía.

No vio acercarse al camión que venía por su izquierda porque el último lado al que miró mientras comenzaba a cruzar la carretera fue el derecho. Tampoco lo escuchó porque apenas oía por su oreja izquierda desde que su hermano le metió en ella un lápiz durante una discusión cuando tenía cinco años. Por eso tampoco había oído alejarse a sus padres cuando se quedó mirando el inmenso peluche en la tienda de juguetes y por eso caminaba recto cuando se perdía. De ahí que le hubieran regalado un gato cuya descendencia moriría años más tarde dejándolo a él perdido en la calle sin una referencia clara sobre el lugar al que se dirigía. Pero aquel lápiz no hubiera tenido punta si su tía no le hubiera regalado un estuche con un set de dibujo que incluía un brillante sacapuntas amarillo de plástico. Se lo regaló porque aquel quince de mayo era su cumpleaños, pues sus padres lo engendraron en agosto durante un viaje a California. Durante aquel viaje, sus padres recogieron un pequeño puñado de piedras en cada uno de los lugares que visitaron. Después, como símbolo de su felicidad y el futuro que adivinaban, los guardaron todos en una lata que hacía tiempo que no encontraban.

Durante el juicio, el camionero aseguró que no podía esperar que aquella persona saltase repentinamente delante del vehículo. Estaba caminando en línea recta y de pronto se lanzó a la carretera. Nadie podría haberlo averiguado. Además, el conductor alegó que, si pretendían ser seres humanos, todos los asistentes debían comprender su situación: su padre estaba enfermo y venía directamente del hospital con serias y profundas preocupaciones en la cabeza. Era imposible que hubiera podido percatarse de las absurdas e ilógicas intenciones suicidas de aquel hombre: esa gente está desesperada y actúa sin sentido. Y era cierto que había pasado la noche en el hospital, acompañando a su padre, sin apenas dormir, porque aquella noche su hermano no se pudo quedar aunque le tocara hacerlo. Discutieron y se acusaron entre ellos de no ponerse en el lugar del otro.

Falta de comprensión: es lo que dijo el conductor que había en este mundo cuando lo citaron a juicio.

FIN

Enrique Forniés Gancedo

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martes, 6 de noviembre de 2012

Cronometría

Alzado sobre mis huellas
observo el surco liso y muerto de los años.

He recorrido la historia de las piedras
con caminar de paso adelantado
y la frágil seriedad
de un fusil en la espalda.

No me arrepiento de hollar el mundo
ni de hablar por encima del suelo:
fue siempre necesidad de la existencia
y de no encontrar lugar
donde hallar la lluvia.

El resto es un ademán de palabras
que llena el surco de piedras.

Entonces cruzamos dos miradas,
despejo las incógnitas
y desciendo con la alegría
de haberme confundido de huellas.

Enrique Forniés Gancedo

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martes, 30 de octubre de 2012

Nómadas

Caer al otro lado de la especie,
haciendo de cada muerte
un acto de injusticia irrepetible.

Convertirnos en humanos:
trascendiendo las razones de la manada,
hiriendo nuestra personalidad
contra el amor que nos tenemos.

Haremos del realismo nuestro alimento
y del sentido común nuestro contrario.
Nos impondremos obediencia
tomando disposición de nosotros mismos.

Nunca estaremos seguros en nuestras manos
ni tendremos voluntad de silencio.
Agostaremos el invierno
con ademán de soberbia
y desprecio del verano.

Estaremos exactamente al otro lado
mirando con humedad en el pelaje
y la respiración entrecortada
la orilla al otro lado del río.

Enrique Forniés Gancedo

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miércoles, 16 de mayo de 2012

Inmóvil

Niños que deshacen su reflejo en los charcos. El sol resquebrajando los edificios de Madrid. Es Mayo y ayer llovió. No recuerdo la última vez que estuve triste y hace tiempo que dejé el colegio. Antes de las nueve el día siempre es un horizonte abierto. Arturo Soria es una de las pocas calles de Madrid que aún no se ahoga sobre sí misma. Tengo tiempo para llegar al trabajo y lo pierdo inútilmente esquivando los charcos.

Los semáforos pautan mi ética. Me muevo a su ritmo sin saber qué los mueve a ellos. Circuitos bajo tierra que se entrelazan, canales de impulsos nerviosos que provocan reacciones aquí o allá. Semáforos que cambian de color, farolas que se apagan, movimientos de personas, traslaciones. Las aceras como una gran epidermis donde se manifiestan las reacciones químicas internas. Madrid respira sin moverse. Gira sobre sí mismo como una inmensa rueda cinética.

Camino a ciegas, con finalidades pero sin estímulos. Ni siquiera sé si podría haber razones a favor o en contra de lo que hago. Lo hago y dentro de mí no siento voluntad de hacerlo. Tampoco la busco. Las hojas de los árboles son verdes.

Un ruido. Un grito. Un chirrido. Olor a goma quemada. Un frenazo a mi espalda seguido de insultos y voces inconexas. Giro sobre mis talones en un círculo perfecto. La tierra entera rota sobre mi propio eje y me encuentro de frente con los hechos. Una inmensa furgoneta gris está detenida en el centro exacto de la calzada, justo después de girar la esquina desde la calle principal. Un coche blanco ha estado a punto de chocar con ella al hacer el giro y ahora sus conductores gritan y agitan los brazos por la ventanilla. Parece un inmenso animal panza arriba que sacude sus patas intentando darse la vuelta. En la furgoneta no hay nadie. Es tan solo una inmensa mole de chapa que vibra con el motor encendido y que pestañea con sus luces de emergencia.

El ritmo se ha quebrado. Quienes salían del centro comercial se han detenido y miran la escena por encima de su hombro derecho. Los que continúan caminando han dejado de mirar por dónde van sus pasos y retuercen el cuello como si fuera un órgano independiente del cuerpo. Los niños dejan de distorsionar los charcos y yo estoy mirando en dirección contraria a donde en un principio me dirigía. Entonces, otro coche gira la esquina y sus ocupantes no ven los dos vehículos detenidos. Nuevamente un frenazo, más brusco, más sorpresivo aunque sea esperado por quienes admiramos la escena. Expresiones de sorpresa, susto e incluso decepción cuando los parachoques no colisionan entre sí. Nuevos gritos, palabras insultantes. Más bichos panza arriba.

El copiloto del último vehículo abre la puerta y asoma el tronco dejando una rara imagen como si de una persona sin piernas se tratara. Agita su brazo derecho en el aire justo en el momento en el que un tercer coche tuerce la esquina y choca sin que le dé siquiera tiempo a tocar el freno. El copiloto, dolorido por el impacto por clavarse el marco de la puerta en el pecho, se gira hacia el recién llegado y se apea del automóvil. Entonces alguien grita y un cuarto vehículo se encaja perfectamente en ese tren inmóvil. Mientras tanto, las luces de emergencia de la furgoneta siguen guiñando a un ritmo imperturbable.

Es en ese momento en el que el conductor del primer coche, que debido a la transmisión del choque, ha sido empotrado contra la furgoneta inmóvil, abandona su vehículo y llama la atención del copiloto que ya avanza con el puño en alto hacia el último de los coches de la fila. Un transeúnte saca del bolsillo su teléfono móvil y hace una fotografía de la escena utilizando el flash. Con ello consigue deslumbrar a la mujer copiloto del segundo coche que gira su cabeza hacia él y le increpa con un agresivo movimiento de barbilla.

Yo permanezco como un espectador más de la situación. Ni siquiera observo, tan solo contemplo. Son más de la nueve y el sol comienza a trazar un semicírculo utilizando como radio la línea de vehículos estrellados. A mi alrededor el volumen de la voces va en aumento y los pájaros han desaparecido. El semáforo continúa marcando su ética tricolor aunque nadie le preste atención. La furgoneta gris, como una inmensa mole de chapa, permanece clavada al asfalto, su cabina completamente vacía, el motor encendido y las luces de emergencia constantes. Animal inerte. Causa de todo.

La puerta del copiloto del segundo vehículo se abre y un brazo desde el interior impide a la mujer salir del coche. El transeúnte se guarda el móvil en el bolsillo y comienza a girarse hacia el lado opuesto cuando otros dos estallidos metálicos hacen patente el choque de dos automóviles más. Y después otro. Y luego otro. La fila ya dobla la esquina y comienza a atascar la vía principal. El aire se llena de alaridos de claxon e insultos. El copiloto del segundo vehículo llega hasta el que en su momento fue el último, agarra el limpiaparabrisas y lo retuerce mientras aprieta los dientes. Ése es el instante en el que lo alcanza aquel piloto que fue el primero en llegar. Toca en el hombro al violento y, sin mediar palabra, éste se gira sobre sí mismo y lanza un puñetazo al aire que se estrella contra la barbilla del conductor pacifista. Éste último cae al suelo, fulminado, carente de conciencia para el resto del día.

Entonces, todas las puertas de los coches se abren y desde el cielo la fila de vehículos parece un enorme ciempiés metálico aplastado contra el asfalto. Los ocupantes de los coches salen y corren hasta el lugar donde ha sucedido aquella reacción desproporcionada para su causa. Más gritos y amenazas. Un nuevo flash surge de la multitud y de alguno de los coches de la interminable fila sale un individuo que se abalanza sobre un peatón. Se oyen golpes sordos y a lo lejos se perciben los ecos de una sirena. En la calle es tal la algarabía que ya no se distingue ninguna palabra.

Varias personas se han echado encima del conductor agresivo y éste se sacude de un lado a otro como quien ha pisado un hormiguero de hormigas carnívoras. Continúan oyéndose choques metálicos periódicamente. Nuevos accidentes se suman a la cadena. La pelea se agrava cuando algunos intentan poner paz y acaban defendiendo de sus agresores a quien parecía haber sido un piloto agresivo. Y de pronto alguien salta sobre el cuarto vehículo en llegar y de una patada rompe la luna delantera. De pronto se han formado dos bandos. Algunos estiran sus brazos para intentar agarrar a aquella persona que ahora salta sobre el techo del coche. Otros, que parecen confraternizar con él, rompen a patadas los retrovisores y revientan el cristal de las ventanas.

Las manos en los bolsillos. Contemplo la batalla. Hay un eco de sirenas que las voces acolchan. Observo la furgoneta. Vacía. Motor encendido. Inmensa mole maciza. Presente antes que cualquiera de nosotros. Animal inerte. Sin propósito. Causa de todo. Y mientras me doy la vuelta pienso que, de existir un dios, seguramente actuaría de este modo.

FIN

Enrique Forniés Gancedo


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lunes, 9 de enero de 2012

Moebio

Llevo esperando horas. Llueve. Hace frío. No tengo humor ni cigarrillos. Me meto las manos en los bolsillos por crearme la ilusión de mantenerlas ocupadas. Pienso. No encuentro ideas. Trato de imaginarme cómo será el encuentro. Hace años, más de diez, que no la veo. Estará cambiada. Pero yo también. No nos reconoceremos. Eso jugará a mi favor. Llevo horas esperando.

La carretera se ilumina y aparece un coche azul oscuro. Por el ruido es un motor diesel. Demasiado revolucionado. Se detiene frente al portal desde el que observo la escena y se abre la puerta del copiloto. Veo bajarse a una mujer. No sé si es guapa. Sólo veo las piernas. Llueve a cántaros y mirarla es como ver una imagen codificada. No lleva falda. Calza unas deportivas blancas. El bajo acampanado de sus pantalones está empapado. Tras darse un impulso sale completamente del coche. Lleva una sudadera roja con la capucha echada sobre la cabeza. La miro. No distingo su rostro. ¿Será ella?

Llueve a mares. Querría pensar que es ella pero no soy capaz de reconocerla. No le veo el rostro. Aunque daría igual verlo porque en diez años podría haber cambiado mucho. Ella nunca me gustó. Esta no es de esas citas. No es un amor de mi adolescencia. Siempre consideré que era fea. Simple y llanamente fea. No tengo ningún interés en ella a ese nivel. Y creo que ella siempre pensó que yo era feo. Nos llevábamos bien.

El coche se aleja con el mismo sonido de motor diesel demasiado revolucionado. Las luces se alejan y la calle vuelve a quedar a oscuras. Desde que empezó la tormenta las farolas están apagadas. Sigo sin poder ver su rostro. Está considerablemente más delgada. La sudadera roja empapada se ciñe a su cuerpo y deja intuir una figura esbelta. Quizá demasiado esbelta. El cambio era de esperar. Era cuestión de tiempo. Avanza hacia el portal en el que me encuentro e introduce su mano derecha en la manga. Es posible que vaya a sacar algo. Quizá sea una pistola o algún otro tipo de arma. No se me ocurre otra razón para ese gesto. Meto la mano en el bolsillo del abrigo y agarro la culata de mi revolver. Coloco el dedo en el gatillo. Ella sabe que el único motivo por el que podría haber metido la mano en el bolsillo es el de coger una pistola. Nos conocemos.

Llega a mi altura y se detiene. La tengo frente a mí. Sigo sin poder verle el rostro porque la capucha le hace sombra. Es como tener enfrente una persona sin cabeza. Yo llevo el rostro descubierto y ella parece haberme reconocido. Saca la mano de su manga y en ella brilla el cañón de una pistola. He acertado y eso me satisface. Sigo teniendo intuición. Me apunta con el arma en silencio. Está lloviendo a cántaros y no hay nadie en la calle. Las farolas están apagadas.

―¿A qué has venido? ―le pregunto. Sorprendentemente consigo que no me tiemble la voz.

―A contarte historias ―su voz sigue siendo la misma y el tono irónico continúa sonando igual de hiriente―. ¿Tú qué piensas?

―Vienes a matarme.

―He traído una pistola.

―Luego vas a matarme.

―Tú también tienes una pistola.

―Yo pretendo matarte.

Toda la conversación se desarrolla en un quietismo absoluto. Mi voz suena mucho más firme de lo que hubiera esperado. Utilizo un tono convincente. Pero toda la certeza se desvanece cuando ella agita el cañón de la pistola frente a mí. Una gota de sudor frío recorre mi espalda.

―No estás en la mejor posición para ello ―responde al fin. Su voz nunca fue especialmente agradable, pero las palabras que utilizaba lo eran en ocasiones. Parece haber perdido el segundo de estos factores.

―No pretendo haber tomado posición alguna.

Con su mano izquierda echa la capucha hacia atrás. Es como estar frente a una persona que se parece a alguien que conocí. Lleva el pelo corto y un flequillo largo de medio lado. El hecho de ser rubia contrasta notablemente con la sudadera roja. Se ha maquillado sin excesos y lo que destaca son sus labios carmín. La miro a los ojos. Castaños. El primer reflejo es sonreír, pero si ella no lo hace el gesto resultaría absurdo. Agarro con fuerza la culata de mi pistola.

­ ―¿Quién era? ―Pregunto haciendo un gesto con la cabeza.

―¿El del coche? ―Responde ella repitiendo mi gesto como el reflejo de un espejo―. Un amigo al que le venía bien dejarme aquí.

―Le venía bien llevarte a matar a alguien ―continúo intentando averiguar cómo debería ser el tono del sarcasmo. Es una cualidad que siempre he apreciado de mí. La habilidad para decir lo mismo que ha dicho el otro pero con palabras hirientes. No es una simple cuestión de traducción. Es el arte de la tergiversación.

―El cínico de siempre ―en su tono se aprecia que ella no disfrutaba tanto como yo de esa habilidad.

―Pues tú no siempre fuiste rubia ―desgraciadamente es una capacidad de la que me resulta difícil salir. Posiblemente esté en su propia naturaleza.

Sé que ya no puedo hacer nada más. Vinimos a matarnos el uno al otro y por alguna razón he sido incapaz de sacar el arma. Ella me apunta a la cabeza y cualquier movimiento por mi parte sería más lento que la simple tensión de su dedo índice. Sigue lloviendo a mares y la ropa se ciñe cada vez más a su cuerpo. Siento ganas de besarla. Cada vez me resulta más atractiva. No estoy refrenando mi impulso de sacar el arma lo más rápido que pueda. Estoy intentando controlar un instinto sexual. La vida con ella podría ser interesante. Ideas fuera de lo normal y una relación apasionada. Antes también podría haber sido así, pero el hecho de estar bajo la lluvia dota de sensualidad a la idea. Lástima que ahora tengamos que matarnos.

―Por otro lado, estás muy cambiado ―continúa ella haciendo caso omiso a mis palabras―. Estás más guapo que la última vez que nos vimos.

Aquello hace que algo se desancle en mi interior. Algún eslabón se ha soltado dejando que el globo que mantenía amarrado vuele libre. Exhalo el aire sin haber percibido que lo había estado aguantando. Es una extraña sensación de alivio, una expectativa resuelta de manera satisfactoria. No me importa que me mate o que el tiro únicamente me deje malherido. Comparado con esa frase todo lo demás se disuelve en nimiedades. Ella nunca me atrajo sexualmente. De hecho, si alguna vez hubo algo que nos uniera fue la propia repulsión que nos causábamos. Además, hoy había acudido con la absoluta certeza de que ella intentaría matarme. Y sin embargo, ahora descubro que mi auténtica preocupación acaba de ser resuelta. Es más, ni siquiera recuerdo por qué hemos acudido hoy. Armados.

―¿Cuál fue el origen de todo esto? ―le pregunto a ella un tanto confuso.

―No hay origen ―responde ella de manera inmediata―. Ninguno de nuestros actos fue el desencadenante de todo esto.

―¿No fuimos nosotros quienes acordamos esta cita?

Ella parpadea lentamente, como una maestra calmando sus nervios ante el alumno que enlaza respuestas erróneas sin pensarlas.

―Nosotros la acordamos ―confirma ella sacudiendo imperceptiblemente la cabeza―. Pero la razón por la que concretamos que fuera así no estuvo en nuestras manos.

Es posible que ella piense que nuestros actos son como la lluvia. Algo que acontece indefectiblemente ante ciertas condiciones. Algo que lo impregna todo y se derrama por el mundo como caído del cielo sin más lógica que la necesidad. Y nosotros no somos más que objetos de la naturaleza sujetos a leyes físicas que cumplen con el desarrollo de la cadena.

―No creo que con eso solucionemos nada ―corto tajantemente―. Decir que no sabemos por qué hacemos las cosas no es dar una respuesta sino silenciarnos para siempre. Los dos estamos aquí y debe existir una respuesta para ello.

Ella me mira a los ojos y se encoge de hombros.

―Si no hay respuesta quizá sea porque no hay realmente una pregunta.

―¿Y hemos venido a matarnos sin saber por qué?

―¿Acaso sabemos algo más que el instante?

Llueve con menos fuerza pero sigue lloviendo. Su pistola sigue apuntándome directamente a la cara. Su expresión es fría y su cabello rubio. ¿Por qué se habrá teñido el pelo? Seguramente esté relacionado con el hecho de que ahora se encuentre frente a mí, empuñando un arma. Incluso uno de estos dos factores podría ser la causa del otro. O no depender en absoluto de nada de lo que ahora mismo está ocurriendo.

―¿Pretendes que me crea que el mundo es así de absurdo?

―Intento hacerte ver que saber lo que hacemos es tan difícil como saber por qué lo hacemos ― noto como su dedo índice se tensa en torno al gatillo ―. Yo ahora mismo voy a mover los dedos de mi mano y posiblemente esto nos lleve a una situación distinta. Pero no sé cuál será hasta que suceda.

Mis dedos se aferran a la pistola que llevo en el bolsillo. Ella lo sabe y posiblemente se refiera a este acto al hablar de una nueva situación. ¿Cuál ha sido la causa de mis actos? Si ahora desenfundara mi pistola y disparara antes que ella consiguiendo matarla ¿habría sido aquel movimiento de su dedo la causa de su propia muerte? Me doy cuenta de que no sé qué es lo que estoy haciendo en este momento. Mis motivaciones han desaparecido. Estoy a la espera de estímulos que dirijan mis actos. Sin motivo para ello sacudo la mano de mi bolsillo con la intención de que ella la vea. Quiero ver su reacción al creer que voy a sacar un arma. Pero ella no se mueve. Permanece impasible con el brazo estirado hacia mi cara y el dedo flexionado sobre el gatillo. No todos los estímulos funcionan. No todo lo que sucede son causas.

―Nunca fuiste muy listo ― asegura lentamente ―. Siempre tratando de buscar la razón de todo, la lógica del mundo, ¡el sentido de la vida! ―Y mientras lo dice agita el cañón de la pistola en pequeños círculos concéntricos.

―Y tú siempre tan absurda. ―Mis palabras salen sin fuerza, incapaces de herir en ningún sentido.

―Por eso yo ahora tengo la pistola y tú aún no la has sacado del bolsillo. Seguro que antes de venir has estado dando vueltas por la habitación, tratando de decidir si cogías o no el arma, buscando un motivo, una razón, por la cual debías coger la pistola con la intención de utilizarla. No podías decidirte. De hecho, has estado dudando entre venir o no. Te has sentado en el sillón, te has levantado, te has vuelto a sentar, has ido hasta la ventana y has vuelto al sillón. Has simulado tener un conflicto interior, como si tanto una como otra posibilidad contaran con motivos suficientes para llevarla a cabo. Y entonces te has levantado, has cogido el arma y has salido por la puerta pese a la lluvia. Después has tomado un camino muy concreto, el mismo que siempre haces cuando pasas por aquí, uno que sabes que es más corto pese a que hoy te apetecía tardar un poco más de lo normal. Por eso has llegado demasiado pronto, con un arma en el bolsillo y ningún motivo para utilizarla.

―¿Y me vas a matar por ello? ―Es la pregunta más ingeniosa que se me ocurre. Haber visto descrito mi día con tanta fidelidad me ha dejado bloqueado. Ha dejado de llover pero no creo que pueda secarme nunca. Ella está frente a mí, con un mechón rubio pegado a la frente y completamente empapada. Quizá la causa de todo esto sea el color que elegí en tercero de primaria para pintar el cielo. Posiblemente eso pusiera en funcionamiento una cadena infinita de causas. Azul cielo. Ni una sola nube. Visión clara. Despejado. Si hubiera situado una nube, hubiera elegido otro color para el cielo o hubiera dibujado el sol en el centro, la profesora no hubría puesto mi dibujo junto al de ella y nunca nos hubiéramos conocido. Ahora estaría en otra parte, jugando una partida de póker en Paris después de una cena en el Bateaux Mouches. Pero sucedió así y no sé hasta qué punto aquel color era el mejor para el cielo.

Ya no llueve. Es de noche y las farolas no funcionan. La tormenta ha pasado. Ni una nube en el cielo. Pequeñas estrellas de número infinito. La noche es clara. La idea de morir me genera pensamientos o son ellos los que generan la idea de morir. No importa la dirección de la cadena. Tampoco importa el hecho de que cogiera el arma pero no la cargara. No encontré motivos para ello. El cielo, oscuro, parece más claro que cualquier otro que haya visto. No sé de qué será causa todo esto, qué sucederá a continuación debido a que ella apriete el gatillo. Posiblemente yo muera o me despierte en París. Pero eso es lo de menos. Eso no es el verdadero efecto de todo esto. Quizá cambie el color del mundo o alguien se enamore de quien no debe. Tampoco importa porque esto no será decisivo. No es más que un eslabón anclándose a otro con un fuerte estampido.

FIN

Enrique Forniés Gancedo

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sábado, 30 de enero de 2010

Persígueme

Me detuve a la sombra de una acacia. Llevaba un buen rato corriendo y, aunque lo deseaba con todas mis fuerzas, no me quité las botas por miedo a lo que podía encontrarme: sentía un dolor punzante en el talón y en el dedo gordo del pie izquierdo. Sabía que una ampolla del tamaño de una medusa me estaba devorando el dedo. Sin embargo, lo que más me preocupaba era la sensación líquida y templada que me corría por el talón. Miré al cielo entrecerrando los ojos, hacía demasiado calor para esta época del año y el sudor me resbalaba por detrás de las orejas. Eché mano a la cantimplora y di un buen trago. Antes de que pudiera darme cuenta, había apoyado mi espalda contra el robusto tronco de aquel árbol y comenzaba a dejarme resbalar hacia abajo. No podía dejar de pensar en el calor y el sudor que oscurecía el color de mi chaleco. Di otro trago y cerré los ojos complacido por el frescor del agua y deslumbrado por el sol.

Entonces, de un salto me incorporé de nuevo. ¡No podía permitirme aquello! La respiración se me aceleró. ¡Ella debía andar cerca! Había conseguido darle esquinazo al saltar al otro lado de la colina, pero algo me decía que eso no bastaba. Me había seguido durante más de dos kilómetros a través una extensión de hierba tan alta que tenía que ponerme de puntillas para mirar sobre ella, por lo que una pequeña loma no le significaría obstáculo alguno. Además, sus pasos parecían medir el triple que los míos.

Lo primero que vi aparecer fue su larga y amenazante cabellera rubia llena de tirabuzones. Hice amago de saltar hacia uno de los lados del camino, pero luego me arrepentí y me precipité hacia el lado contrario a toda prisa, justo en el momento en el que comenzaba a ver su vestido azul celeste. Todavía no me hacía una idea de por qué me estaba persiguiendo. Al principio ni siquiera me había percatado de su presencia, pero cuando vi que corría frenéticamente hacia donde yo me encontraba, que al cambiar de dirección bruscamente ella también lo hacía, y que cuando aceleré el ritmo ella comenzó a correr desesperadamente, me di cuenta de que venía a por mí. No era la primera vez que alguien me seguía, incluso, tampoco lo hubiera sido de haberme disparado, pero nunca habían mostrado semejante insistencia.

El sudor me caía por el bigote formando minúsculas canicas en la punta de los pelos. Ya no sabía en qué dirección corría. Únicamente huía, corría por salvar mi vida mientras ella, vestida con unos inmensos zapatones negros y unos calcetines hasta las rodillas, me pisaba los talones haciendo retumbar el suelo. Aquel maldito calor era insoportable. Nunca hubiera elegido un día como aquel para salir a correr. Por eso prefería normalmente la noche o el amanecer para salir al exterior. Miré nuevamente al sol y vi que se encontraba justo sobre mi cabeza. Fue entonces cuando caí en la cuenta de la hora que debía ser y cuál había sido el verdadero propósito de mi carrera, antes de que ella comenzara a perseguirme. Como pude introduje la mano en el bolsillo del chaleco y saqué aquel fabuloso reloj dorado, regalo de mi abuela, que siempre llevaba colgando de una cadena. “¡Llego tarde! ¡Llego tarde!” pensé, aunque realmente no sé si lo dije en voz alta.

Ella cada vez estaba más cerca y no tenía tiempo de despistarla. Debía acudir a mi cita cuanto antes, pues si ella me atrapaba no sabía lo que sería de mí, pero de lo que estaba seguro era de que si no llegaba a mi cita a tiempo me cortarían la cabeza. Ya lo había visto hacer en otras ocasiones. Corrí desesperadamente con una única idea en mi cabeza: “¡Llego tarde! ¡Llego tarde!”. El pelo se me pegaba debido a la humedad y las costuras de mi chaleco habían cambiado completamente de color. ¡Ella estaba casi a mi lado!

Entonces lo vi. Excavado en la pared de una colina vi el agujero que me llevaría directamente al hogar. Aceleré el paso y, de un salto, me precipité en su interior en el mismo instante en el que sentía que su mano se cerraba detrás de mí quedándose con varios de los blancos pelos que componían mi pomposa cola. No me preocupó el dolor ni que a mi espalda se oyera como si alguien tratara de entrar en la madriguera. Agaché las orejas y aceleré el paso. Sólo me preocupaba una cosa ¡Llegaba tarde a mi cita con la Reina de Corazones!

FIN

Enrique Forniés Gancedo


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jueves, 11 de junio de 2009

Sin argumentos

─¿Y puede decirme qué es lo que ve aquí? ─preguntó el fiscal levantando la mano─. ¿Quiere decirle al jurado qué es lo que en estos momentos estoy sosteniendo en mi mano?

El acusado se inclinó sobre el estrado y entrecerró los ojos tratando de agudizar la vista. El enérgico gesto del fiscal había provocado un profundo silencio en la sala.

─ Creo... ─balbuceó el acusado inclinándose un poco mas ─. Creo que se trata de un palo tan grande como mi dedo índice ─ concluyó al tiempo que levantaba un dedo de su mano derecha.
El juez se inclinó también para comprobar la veracidad de las palabras del acusado.

─ ¿Y no ve algo más? ─Insistió el fiscal salpicando sus palabras de sarcasmo─. ¿No ve algo más en este palo?

─Que tiene una ranura que lo atraviesa de lado a lado...

─¡Exacto! ─se giró hacia el juez con aire triunfal, el palo todavía levantado en el aire─. ¡Porque ésto no es un palo sino un mango, el mango de un arma, de una navaja! ¡Y exactamente... ─se detuvo un momento para tomar aire ─ se trata del mango del arma homicida!

Un murmullo comenzó a saltar por entre los asistentes. Cabeceos de asentimiento. Gemidos de complacencia. Frases cortas de aprobación.

─ ¿De qué arma? ─preguntó repentinamente el acusado.

─¿Como que de qué arma? ─estalló el fiscal girándose para encararse con el otro─. ¡Del arma que uso para cometer el asesinato! ¡En ella quedaron impresas sus huellas dactilares!

─Yo sólo veo un palo ─afirmó impertérrito─. Un palo con una ranura en medio.

─¡Así es! ─aulló el fiscal mientras bajaba la mano para señalarle con el presunto mango─. ¡No ve más que ésto porque usted mismo se encargó de romper el arma en varios pedazos tras cometer el crimen!

─Qué tontería ─rezongó el acusado recostándose sobre el sillón con un suspiro─. Eso es un palo. Hace falta ser tonto para no verlo.

─Guarde el debido respeto ─intervino repentinamente el juez.

─Gracias señoría ─luego el fiscal volvió a girarse hacia el acusado recuperando su enérgico tono de voz ─. ¡No señor! ¡Esto es la navaja con la que asestó veinticinco puñaladas a una persona indefensa!

─Le repito que eso no es una navaja ni ningún tipo de arma ─insistió gélidamente el otro.

Entonces el fiscal giró sobre sus talones, dando la espalda al juez y al acusado, y dirigió sus pasos hacia la mesa donde se encontraba su ayudante. Con un gesto le indicó que abriese el maletín que descansaba sobre la mesa. Después cogió un objeto y volvió nuevamente a girarse.

─¿Y ésto? ─preguntó nuevamente mientras levantaba el objeto que acababa de recoger─. ¿Es esto un palo?

─No señor ─contestó el reo repitiendo las mismas acciones que en el caso anterior ─. Eso es un trozo de chapa.

─¿Un trozo de chapa? ─repitió cargando sus palabras de burla mientras se giraba hacia el jurado─. Dice que ésto es un trozo de chapa ─ y agitó el brillante objeto ante la atónita mirada de varias personas que parecían no entender nada.

─Así es.

─Ésto... ¡Ésto...! ─enfatizó girándose hacia el acusado y agitando la mano cada vez más violentamente─. ¡Ésto es parte de la hoja de esta navaja que utilizó para asestar veinticinco puñaladas a un pobre ser humano indefenso!

─¡Pero no es más que una chapa! ─replicó con cierto tono de desesperación y dirigiendo una mirada de soslayo al juez.

Los murmullos entre el tribunal comenzaron nuevamente a ascender. Algo estaba pasando pero nadie sabía explicarlo. Eran conscientes de que algo andaba mal en alguna parte de la exposición del caso, pero el error se les hacía ilocalizable. Parecía que el fondo del asunto se había convertido en una sima.

─¿Y qué me dice de la sangre de la víctima encontrada sobre este metal? ─concluyó el fiscal con una sonrisa lobuna─ Muy señor mío... no trate de engañarnos, tenemos ante nosotros el arma del crimen, la navaja con la que mató, con la que asesinó, a aquel pobre e indefenso ser humano.

─Yo no engaño a nadie ─rechazó─. Lo único que pido es que el fiscal deje de inventarse cosas. Aquí no hay navaja, no hay nada a lo que se le pueda llamar así, y mucho menos “arma del crimen”.

─¿Acaso pretende negar las pruebas? ¡El mango de la navaja con sus propias huellas dactilares! ¡El filo de la navaja con manchas de sangre de su víctima! ¡Qué más hace falta en este país para condenar a un hombre!

─Deje de decir que tiene una navaja ─dijo mientras realizaba un gesto como si apartara algo con la mano─. No intente confundir al tribunal. Lo único que nos está enseñando es un palo y un trozo de chapa. Es posible que en el palo estén mis huellas ¡Qué demonios! ¿Y en cuántos sitios más estarán? ¿Y qué sé yo de un pedazo de chapa manchado de sangre? ¡Deje de inventar cosas! ¡Deje de decir que tiene aquí una navaja!

Los miembros del jurado dirigieron inmediatamente su mirada hacia el fiscal. Un chirrido pegajoso indicó que el juez se agitaba inquieto en su sillón de cuero. Todos buscaban en el rostro del fiscal el contraargumento a las palabras del reo.

─¿Quiere decir que lo que estoy mostrando esta mañana tanto a usted como al señor juez así como a los miembros de este respetable jurado no es una navaja?

─¡Claro que no lo es!

Alguien del jurado carraspeó.

─¿Quiere decir entonces que la prueba del delito no existe?─ Por favor ─ el acusado se detuvo, se frotó la cara con las manos y tomó aire ─. Lo único que le estoy pidiendo es que no invente nombres para las cosas. Nos está diciendo que posé el arma homicida, pero no hace más que mostrarnos un palo y un trozo de metal.

─¿Y pretende acaso negar que eso que usted llama “un palo” es el mango de una navaja?

─¿Qué pruebas tiene de ello?

El sillón del juez volvió a emitir el mismo chirrido inquieto.

─¿Cómo?

─¿Qué pruebas tiene de que ese palo con una rendija que lo atraviesa de lado a lado sea el mango de una navaja? No es el mango de ninguna navaja porque no está unido a ninguna hoja de navaja. Eso que usted nos muestra es un palo. Y eso otro un trozo de chapa. Deje de inventar lo que no hay. ¿Que uno tiene huellas dactilares? ¿Que otro tiene sangre? ¿Y qué? ¿Qué demuestra eso si no hay navaja?

Entre los miembros del jurado hubo tanto intercambios como robos de miradas preocupadas. Mientras, el juez sostenía el martillo por el mango observándose la mano. Hubo un silencio. Después algunos rumores. Los intercambios de opiniones entre fiscal y acusado consiguieron dar alguna vuelta de tuerca más al asunto. El jurado se retiró a deliberar y a las dos horas el juez dictaba sentencia. El reo dejaba de serlo y al día siguiente abandonaba las dependencias policiales.

Todas las piezas encajaban, pero unirlas había resultado imposible.

FIN

Enrique Forniés Gancedo

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