Deberíamos volver a las manos. En ellas no hay mentira. En ellas está la edad. Se mueven a la altura del cuerpo. Detienen la realidad bajo el cuello. Nos salvan de morir ahogados. Son las que desatan las corrientes. Palpan los límites de lo creíble. Las emociones son manos moviéndose. Son la presencia de uno mismo. El contacto con otros. Ninguna palabra agitará el mundo si no la aplastan contra la tierra las manos. Olvidémonos del rostro. De esa gran mentira. El mundo, la realidad y la persona comienzan en las manos.
Enrique Forniés Gancedo
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