sábado, 30 de enero de 2010

Persígueme


Me detuve a la sombra de una acacia. Llevaba un buen rato corriendo y, aunque lo deseaba con todas mis fuerzas, no me quité las botas por miedo a lo que podía encontrarme: sentía un dolor punzante en el talón y en el dedo gordo del pie izquierdo. Sabía que una ampolla del tamaño de una medusa me estaba devorando el dedo. Sin embargo, lo que más me preocupaba era la sensación líquida y templada que me corría por el talón. Miré al cielo entrecerrando los ojos, hacía demasiado calor para esta época del año y el sudor me resbalaba por detrás de las orejas. Eché mano a la cantimplora y di un buen trago. Antes de que pudiera darme cuenta, había apoyado mi espalda contra el robusto tronco de aquel árbol y comenzaba a dejarme resbalar hacia abajo. No podía dejar de pensar en el calor y el sudor que oscurecía el color de mi chaleco. Di otro trago y cerré los ojos complacido por el frescor del agua y deslumbrado por el sol.

Entonces, de un salto me incorporé de nuevo. ¡No podía permitirme aquello! La respiración se me aceleró. ¡Ella debía andar cerca! Había conseguido darle esquinazo al saltar al otro lado de la colina, pero algo me decía que eso no bastaba. Me había seguido durante más de dos kilómetros a través una extensión de hierba tan alta que tenía que ponerme de puntillas para mirar sobre ella, por lo que una pequeña loma no le significaría obstáculo alguno. Además, sus pasos parecían medir el triple que los míos.

Lo primero que vi aparecer fue su larga y amenazante cabellera rubia llena de tirabuzones. Hice amago de saltar hacia uno de los lados del camino, pero luego me arrepentí y me precipité hacia el lado contrario a toda prisa, justo en el momento en el que comenzaba a ver su vestido azul celeste. Todavía no me hacía una idea de por qué me estaba persiguiendo. Al principio ni siquiera me había percatado de su presencia, pero cuando vi que corría frenéticamente hacia donde yo me encontraba, que al cambiar de dirección bruscamente ella también lo hacía, y que cuando aceleré el ritmo ella comenzó a correr desesperadamente, me di cuenta de que venía a por mí. No era la primera vez que alguien me seguía, incluso, tampoco lo hubiera sido de haberme disparado, pero nunca habían mostrado semejante insistencia.

El sudor me caía por el bigote formando minúsculas canicas en la punta de los pelos. Ya no sabía en qué dirección corría. Únicamente huía, corría por salvar mi vida mientras ella, vestida con unos inmensos zapatones negros y unos calcetines hasta las rodillas, me pisaba los talones haciendo retumbar el suelo. Aquel maldito calor era insoportable. Nunca hubiera elegido un día como aquel para salir a correr. Por eso prefería normalmente la noche o el amanecer para salir al exterior. Miré nuevamente al sol y vi que se encontraba justo sobre mi cabeza. Fue entonces cuando caí en la cuenta de la hora que debía ser y cuál había sido el verdadero propósito de mi carrera, antes de que ella comenzara a perseguirme. Como pude introduje la mano en el bolsillo del chaleco y saqué aquel fabuloso reloj dorado, regalo de mi abuela, que siempre llevaba colgando de una cadena. “¡Llego tarde! ¡Llego tarde!” pensé, aunque realmente no sé si lo dije en voz alta.
Ella cada vez estaba más cerca y no tenía tiempo de despistarla. Debía acudir a mi cita cuanto antes, pues si ella me atrapaba no sabía lo que sería de mí, pero de lo que estaba seguro era de que si no llegaba a mi cita a tiempo me cortarían la cabeza. Ya lo había visto hacer en otras ocasiones. Corrí desesperadamente con una única idea en mi cabeza: “¡Llego tarde! ¡Llego tarde!”. El pelo se me pegaba debido a la humedad y las costuras de mi chaleco habían cambiado completamente de color. ¡Ella estaba casi a mi lado!

Entonces lo vi. Excavado en la pared de una colina vi el agujero que me llevaría directamente al hogar. Aceleré el paso y, de un salto, me precipité en su interior en el mismo instante en el que sentía que su mano se cerraba detrás de mí quedándose con varios de los blancos pelos que componían mi pomposa cola. No me preocupó el dolor ni que a mi espalda se oyera como si alguien tratara de entrar en la madriguera. Agaché las orejas y aceleré el paso. Sólo me preocupaba una cosa ¡Llegaba tarde a mi cita con la Reina de Corazones!

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